martes, 3 de noviembre de 2009

ANDÁ

Fiesta, baile, diversión, alcohol, música, mujeres hermosas, hombres esculturales, chistes, caviar, desnudos artísticos, desnudos groseros, sexo, fantasías, amor, buena onda...

TODO ESTO TAMPOCO LO VAS A ENCONTRAR EN:

Presentación de los libros

Las viajadas
de Gabriel Dalla Torre (cuentos)

Al sur de Gironda y Pet Shop
de María José Alcayá y Manuel García Mignani respectivamente (dramaturgia)

De barro y ceniza
de Javier Piccolo (poesía)


JUEVES CINCO DE NOVIEMBRE DE DOS MIL NUEVE

VEINTIUNA
HORAS

CARPA "ARMANDO TEJADA GÓMEZ"

PLAZA SAN MARTÍN

FERIA DEL LIBRO MENDOZA

martes, 20 de octubre de 2009

domingo, 18 de octubre de 2009

Segundo Encuentro de Publicaciones Callejeras

SEGUNDO ENCUENTRO DE PUBLICACIONES CALLEJERAS

Dieciseís y Diecisiete de Octubre
Plaza España
Mendoza


Plaza tomada
Puesto de la Revista Literaria Palabra


Martín Albarracín, Javier Piccolo, Ariel Tello, haciendo ruido Por Tres


Trece y Catorce de Noviembre, Tercer Encuentro de Publicaciones Callejeras en San Juan.

martes, 13 de octubre de 2009

Segundo Encuentro de Publicaciones Callejeras


Revista Literaria Palabra
Invita
,
Apoya,
Participa,
Alienta,
Canta,
Hincha:


SEGUNDO ENCUENTRO DE PUBLICACIONES CALLEJERAS

DIECISEÍS Y DIECISIETE DE OCTUBRE
PLAZA ESPAÑA

MENDOZA

ARGENTINA


viernes, 9 de octubre de 2009

Revista Palabra Invita:


Esculturas en Metal

de Juan Gavras

Metálforas sobre Rebelión en la Granja

Lunes Doce de Octubre
Rashi Galería de Arte
Corrientes Veintiocho (casi Alameda)
Veinte horas treinta minutos.

Recibidos Literatura Abierta


Otro que no sólo se animó, si no que, verborrágico, se despachó con seis páginas. No se fugue, que el tiempo de leerlo vale la pena.
Para los demás verborrágicos: palabrarevista@gmail.com

EL SR. MEDRANO Y LA FUGA DEL TIEMPO


Había citado a Cuevas y a Medrano en el café “Montmartre”. Apenas cruzaba el dintel de la puerta descubría la inconfundible figura de Cuevas, el bigote grueso que le escondía media boca y un cuarto de los dientes, el largo pelo arrimado hacia atrás y las ojeras que se le estiraban por entre las arrugas y lo hacían notar aún mas desquiciado.
- ¡Qué hacés Soria! – me saludó con su voz ronca sin correr la vista del televisor que informaba el pronóstico del tiempo.
- Acá andamos – respondí seco -. ¿Qué pasa con el pronóstico? – le pregunté -. Parece que el cielo se desploma en cualquier momento.
- Se viene una tormenta de la puta madre – me respondió Cuevas negando con la cabeza- Los meteorólogos dicen que nunca se vio algo parecido, se está juntando una masa de aire polar desde el sur-este con una masa de aire cálido proveniente del trópico, a lo que hay que agregar el aire seco que atraviesa la cordillera desde el oeste – me miró un segundo y sentenció -. Una catástrofe.
- Cuevas, ¿cómo andás de laburo? Veo que tenés mucho tiempo libre- inquirí.
- Riquelme con paperas no jugará el domingo – confesó.
- Me parecía. – lamenté -. Podés venir a comer a casa, sabés que no hay problema.
- ¿Tenés noticias de Medrano? – inquirió Cuevas.
- No sé nada. Por eso los cité a ambos –contesté- No sé si deberíamos estar preocupados.
- ¿Qué estás insinuando? – me preguntó Cuevas, y frunció el entrecejo para aplastar las gotas de sudor que se le pegaban en la cara.
- Tengo la impresión de que me ha estado esquivando – le dije- El día viernes para ser más exacto, creí verlo en la parada del colectivo. Medrano es un hombre sumamente preciso y hasta diría, – me detuve un segundo- si esto queda ente nosotros, obsesivo con la puntualidad. En diez años es la primera vez que no llega a tomarse el colectivo. ¿Estará enfermo?
- No creo que esté tan equivocado, Soria – dijo Cuevas concordando conmigo-. Ayer, tuve esa misma sensación, como si Medrano estuviera esquivándome o al acecho. Al pasar por la esquina del Banco escuché una voz, que puedo asegurar era la de Medrano en persona- Cuevas se acercó y me miró fijo
- Soria – dijo-, bien sabe usted que yo tengo problemas de vista pero mi oído… mi oído lo conservo intacto desde la niñez, en eso soy un privilegiado- concluyó-. Al girar pude ver como cerraban las puertas del Banco y una silueta, oscura, borrosa doblaba por la esquina y rezongaba contra los bancarios. No logré verlo con detalle – reconoció- pero juro que esa voz era la de nuestro amigo. Cuando llegué a la esquina había desaparecido – dicho esto Cuevas se quedó callado y pensativo envuelto entre las sombras y el humo, como una fiera acorralada por sus pensamientos.
- Lamento que no hace más que confirmar mis sospechas – afirmé preocupado.
- Se imagina algo Soria, ¿sabe de qué viene todo esto?
- No tengo idea, pero me apresuraría a decir que Medrano hoy tampoco nos acompañará.

Ni bien dicho esto, salimos del café hacia la casa de Medrano. Cuevas se apoyó en el cartel de la calle, dio una última pitada con cierta melancolía y tiró la colilla como quien tira una moneda en una fuente, y con ella una esperanza o un deseo. Cuando estábamos por retomar la marcha veo que se tantea los bolsillos del saco y encuentra un nuevo cigarrillo.
- Pará Cuevas – le dije - te vas a matar. Ya no tenés veinte años. Esperá que lleguemos a lo de Medrano al menos – lo reprimí.
- Hugo – Cuevas me llamó por mi nombre cosa que hace en contadas ocasiones-. ¿Me meto en tu matrimonio? – respondió con aires de fulana. Tuve que negar con la cabeza.
- Cada quien destruye su vida como quiere - remató fulminante y continuamos.
Miré el cielo y comenté preocupado:
- Parece que esta vez, los del canal del tiempo no le pifiaron – y era cierto porque el cielo estaba cubierto con nubes grises y comenzaban a desaparecer los últimos rayos de sol.
Cuando llegamos a la casa de Medrano, era prácticamente de noche, las luces de su casa estaban apagadas.
- Acá no hay nadie - dijo Cuevas.
- Esperá que toco timbre – lo contuve.
- Para que esforzarse en rescatar a alguien de la soledad. Siempre hay algún pregonero de las bondades de la civilización y cuando te asomás por la puerta – Cuevas se hundió en un suspiro – ¡zás! te encajan cualquier macana para venderte en cuotas.
- ¿Querés tocar timbre vos? – comenzaba a impacientarme.
- No, lo que quiero decir es que, quizás, nuestro amigo no quiera ser molestado.
- O bien puede estar en algún problema… Ya hablamos de esto.
- Tenés razón – dijo Cuevas - Golpeá.
Golpeé dos veces, como era habitual. Todos tenemos una forma de golpear la puerta o de tocar el timbre y yo no quería sobresaltar a Medrano. Pensé que lo mejor sería actuar como si nada pasase y que, él sólo, apaciguara nuestras preguntas.
Como nadie respondió, insistí y entonces fue cuando observé junto a mis pies una cinta roja que se introducía por debajo de la puerta y se internaba en la casa. Me agaché y tomé la cinta. Comencé a recogerla y me di cuenta que en el otro extremo venía adherida una carta.
¿Acaso Medrano sabía de nuestra preocupación? ¿Acaso intuía nuestra visita?
Una fuerte ráfaga de viento amenazó con arrancarme el papel de las manos. El clima se había tornado inusualmente frío para esa época del año. Tensé el papel con la reconocible letra de Medrano y leí:

(CARTA DEL Sr. MEDRANO)
Queridos Amigos,

Accidentalmente, he descubierto algo que me temo sea un tanto difícil de explicar. Ante mi inusual obsesión por la puntualidad y atento a que las mediciones oficiales no son nada fiables, he decidido atacar al problema de raíz. Así, mediante la observación directa de los astros, he de calcular la hora exacta.
Si tenemos en cuenta que las inexactitudes son la regla en mediciones económicas que van desde el índice de desempleo hasta el precio de la canasta básica, cómo dejar la medición del tiempo en manos de burócratas. Para qué sucumbieron desde Eratóstenes en Alejandría, pasando por Königsberg, Brahe y Keppler. Acaso para ser perpetuados en una cifra relampagueante de un despertador o en la pantalla de un celular. Me niego a aceptarlo.
La sociedad moderna se ha distanciado de todo. No vemos más allá de nuestras narices o bien se han ido anexando infinidad de obstáculos entre la realidad y la palabra.
Mis herramientas son básicas, astrolabios y sextantes, cuadrantes y cronógrafos pero puestas únicamente al servicio del conocimiento. Así, he descubierto una ligera “brecha” entre la hora oficial y la verdadera. Un lapso entre lo que es y lo que debe ser. Este detalle por insignificante que parezca, tiene, me temo, consecuencias catastróficas.
Debo admitirles que frente a este descubrimiento no he sabido qué actitud tomar: guardarlo en secreto o bien divulgarlo y ponerlo a disposición del mundo. Ante la duda, guardé esto en mi privacidad y pude sacar provecho de ello: mirar por la ventana justo cuando se termina de bañar la vecina, recibir su correspondencia, leerla y acomodarla como si nunca nadie la hubiese tocado o bajar del colectivo antes que suba el inspector. Los ejemplos son ilimitados, pero la emoción, debo admitir, no me duró más de una semana.
Por otro lado, también he sufrido inconvenientes en mi vida cotidiana. El día viernes no llegué a tiempo a tomar el colectivo, algo que nunca antes me había pasado, y tuve que esperar al siguiente, el cual no es demasiado preciso, lo que motivó que llegase al Banco justo para que cerraran las puertas delante de mi cara.
Por qué no salir un poco más temprano me preguntarán ustedes. Porqué no acoplarse a la hora que maneja el resto del mundo, me dirán. Es una cuestión de principios. ¿No sería acaso un cobarde, un hipócrita si aceptase vivir equivocado? Vivir es más que existir, muchachos y si tengo que vivir en la mentira prefiero el destierro o la muerte civil.
Las herramientas le caen al hombre y éste no sólo las utiliza. Las cuestiona, se pregunta cuál es el uso adecuado. Entonces, me pregunto qué uso justificaría la existencia de algo semejante. No podría ser únicamente espiar a una señorita desabrochándose el brassier. Ahora comprendo que no. Mi descubrimiento, en la soledad, en la oscuridad y en el olvido no es más que un sedante. Una adormidera de las conciencias.
Así es como ha nacido en mí, queridos amigos, una gesta monumental, épica: la revolución. No “una” revolución, sino “la última” de las revoluciones, no para derribar el sistema económico, no para deponer el sistema político, ni el ideológico, ni el religioso, nada de eso, de lo que les estoy hablando es de la revolución del tiempo. La revolución de todas las revoluciones.
Lucharemos como lo han hecho muchos otros, desde la clandestinidad, pero esta será la clandestinidad perfecta. No se trata de una clandestinidad territorial. No será necesaria la guerra de guerrillas, ni una selva subtropical, ni la densidad del monte chaqueño. Es la clandestinidad temporal, amigos. Un ejército dispuesto a derrotar al sistema desde raíz. Nada más es necesario un ligero cambio, un segundo, un sólo segundo es necesario para cambiar la historia de la humanidad y de los países en vías de un desarrollo, del cual no han construido siquiera las vías.
Libraremos a la gente de a poco. Atravesarán el umbral hacia éste, nuestro “otro huso horario”, donde no habrá leyes, no habrá estado, pero habrá libertad de pensamiento y de palabra y no habrá guerras porque dejaremos a los opresores del “otro lado”, por lo cual no habrá sangre sobre nuestras conciencia. Parece perfecto, sin embrago, en la lucha caerán muchos, cientos van a quedar atrapados del otro lado o peor en agujeros imperfectos, caerán en rincones oscuros de la historia. Unos serán recordados como traidores y los más, borrados de la mente de las futuras generaciones. Es una lucha despareja pero al menos una lucha. Es una revolución anónima desde el anonimato.
Lamento que esta carta tenga el tono de una despedida, pero es muy probable que éste sea nuestro último contacto.
Esta noche se desata una tormenta eléctrica de inusitadas dimensiones y voy a utilizar su fuerza magnética para destruir los mecanismos eléctricos. Mañana, nuestra ciudad amanecerá sin saber aquella hora que nos ha sido impuesta ya sea por la costumbre o por la desidia. A la mentira se la combate o se es cómplice de ella. Esta noche sacaré mi nombre de su lista.
Espero estar a la altura de mi destino.
Mi fraternal saludo.
Comandante Juan Manuel Medrano

- ¡A las pelotas! – exclamó Cuevas mientras miraba la carta y se retorcía la punta de los bigotes como quien busca despertarse de un sueño –. El Comandante Medrano, quiero decir, nuestro amigo, ¡enloqueció!

En ese instante sonó un bramido en el cielo, y comenzaron a caer algunas gotas que pronto se convirtieron en una fuerte tormenta.
- Soria – Cuevas me señaló un taxi que aguardaba junto al semáforo. Corrimos hacia él para resguardarnos de la lluvia.
- Buenas - saludó Cuevas irónico al verse empapado de pies a cabeza.
El taxista al ver nuestro estado, acomodó unas hojas de diario en el asiento trasero y recién, entonces, pudimos ingresar.
- Al café “Montmartre” – ordené, renunciando a todo intento de búsqueda que en aquellas condiciones hubiese sido infructuoso.
El taxi se echó a andar y pudimos ver un oscuro panorama. La ciudad estaba desierta. La lluvia no paraba ni un segundo y golpeaba con fuerza el techo y el parabrisas del automóvil. Un segundo me creí en el mar afrontando una borrasca como un personaje de Melville.
El taxista sintonizó la radio. Se escuchaba entrecortado. Las noticias hablaban de un hombre desesperado en la terraza de un edificio.
- Suba el volumen - le pedí al chofer.
- ¡Noticia de último momento! Un hombre trepó a la antena de la Estación de Radio y amenaza con saltar… hace más de dos horas… llegaron al lugar – la transmisión se cortaba y dejaba a la buena voluntad de uno rellenar los blancos.
- … Y sí, hay locos para todos los gustos – gritaba Cuevas a los cuatro vientos – ¡Que se tire! ¡Que se tire! – coreaba como un simpatizante en una cancha de fútbol.
Lo miré a Cuevas.
- Es Medrano – le dije.
- Chofer ¡a la Estación de Radio!- se rectificaba Cuevas sin animarse a fijarme la vista.
Sentí temor por la vida de nuestro amigo. Su obsesión por la puntualidad lo había llevado muy lejos. Lo adivinaba en un estado de sopor y delirio. En su confusión, una tragedia sería inminente.
A dos cuadras de la emisora el taxista se detuvo.
- Perdonen muchachos, pero hasta acá llegamos – dijo y señaló la intersección inundada.
El agua se empezaba a filtrar por las puertas obligando al taxista a retroceder.
Pagamos, y nos adentramos en aquella laguna. Las acequias estaban desbordadas y no se lograban distinguir, pero los remolinos en el agua las dejaban adivinar. La tormenta no se detenía y nos entorpecía la visión.
- Vamos a tener que cruzar por el medio de la calle… creo – me gritó Cuevas.
Cuevas iba guiando. Cruzamos dos trolebuses canadienses que estaban varados, esos que se estropean de tan sólo mirarlos. A una cuadra de la estación, el agua comenzaba a ceder y a retirarse. Ya se escuchaba el murmullo de la gente.
Al doblar la esquina pudimos ver la multitud expectante, el camión de bomberos, la antena, una silueta. El estallido fue ensordecedor. El relámpago descendiendo por la antena quedó grabado en mi retina. La ciudad quedó sumergida en la nada, en la oscuridad absoluta. Recordé la carta, el plan de Medrano. Con cierto temor, arremangué mi camisa y miré mi reloj pulsera. Cuevas hacia lo mismo. La suerte estaba echada.

Valentín González Feltrup

***

miércoles, 7 de octubre de 2009

Recibidos Literatura Abierta

Tres de los que se animaron a la Literatura Abierta. Hay más. No desesperen que ya irán llegando, mientras esperamos a aquellos que todavía no se animan.
Recuerden: palabrarevista@gmail.com

ENERO (POR NO DECIR CON MALABARES)


Enero amaneció más desordenado que de costumbre: caótico en su genética; discontinuo de puro placer. Eróticamente primaveral como huraño en sus mañanas de tardes de otoño. Enero, digámoslo así, olvido ser calendario y escribió novelas por pasar el rato y atrapar los fantasmas.

Mullido y adolescente, no usó corbata ni trajes de baño. Consiguió ser fin de semana en besos sumamente feriados. Crió héroes, comió en imprenta y se cortó las venas en algún baño consumado a la naftalina.
A fin de cuentas, Enero fue año nuevo tantos carnavales que Febrero se contagió de ausencia antes de aprender a pedir permiso.

PAMEO

El vestido, los pegotes.
Mi cejilla y su cintura estampada de furioso escote.
Los silencios, dos rumores;
Nuestras bocas diciendo romances por evitar decir amores.

Brunín.

***

¿Qué le pido a estas palabras?

ni siquiera perciben esta impresión y movimiento
pero ¿qué quiero yo con estas palabras?
pura pretensión, pura macanería, pura manifestación contraria a lo que se sabe
digan manos inertes ¿qué les grita el corazón?
fluyan en vehementes historias misceláneas
pero una en sí misma en insípida búsqueda de algo
marchiten amores jamas correspondidos
busquen salida a viejos problemas
denle amor a los amantes de la ciudad
contemporizan los presagios de existencia
¿quién cree en estas palabras?
no es aquí el secreto original ni la táctica mejor
entonces que hay en estas menganas palabras que piden atención,
observación aquí yace la poesía fenecida
Dañada en dagas retoricas amargas sin fin
lo que las palabras pretenden
es morir diciendo lo que otros no vieron
luego ser quemadas en hogueras de libertad
reciclarse en palomas nuevas viven y
mueren como crisálidas
esas, las palabras

Princesa Dorada

***

Momentos

Soñaba en el roce de tus besos,
aquel momento en tus brazos,
bajo la luna implacable
entre tu mirada y la noche.

Momentos lo tuyos y los míos
soñados en la fragancia de las flores,
bajo el canto de los pájaros,
momentos vivos de la noche.

Instante ya lejano aquel...
cuando tus labios robaron mis besos
bajo la copa de los árboles,
testigos mudos por ti dados.

Momentos de dulzura y encanto
y belleza y serenidad y encuentro...
momentos de locura y pasión
y desenfreno y atrevimiento...

Momentos de la luna y la noche.

Alexander Fernando Müller

viernes, 25 de septiembre de 2009

VOLVÉ




REVISTA PALABRA INVITA:



PALABRA EN VIVO




Martín Albarracín

Fernando Álvarez

Javier Piccolo

(jugando con palabras)



Ariel Tello

(dibujando con acordes)




(fundiendolos a todos en metal)




POESÍA, MÚSICA, ESCULTURAS



FERIA DE PUBLICACIONES INDEPENDIENTES



Domingo Veintisiete de septiembre


Veintiuna Treinta horas


En BAUHAUS Bar Creativo


Alameda Dos Mil Trescientos Siete



Sólo pagás lo que consumís.




IMPERDIBLE.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

IMPRIMÍ TU RÓTULO


IMPRIMÍ. RECORTÁ. PEGÁ.
A PONERLE

PALABRAS

A TODO.

viernes, 4 de septiembre de 2009

CICLO ELEFANTE

JUEVES TRES DE SEPTIEMBRE

En el Ciclo Elefante.

http://www.cicloelefante.blogspot.com/

Organizado por Leandro Hidalgo y Daniel Poxner.

Gracias a ellos, por cierto.

Y a Juanchi Gavras, por las esculturas.

Y a Leonardo González, por los timbales.

Y a Fernando Álvarez, por animarse.





Palabra, Gomina y Soledad y El molino (por Juanchi Gavras)



Martín Albarracín



El Negro Ariel.




Javier Piccolo.



El escenario completo: Fernando Álvarez (que se le animó al microfono), Leonardo González (que la rompió con los timbales), Martín Albarracín y el Negro Ariel.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

VENÍ



Martín Albarracín
Javier Piccolo
Ariel González

por TRES


POESÍA Y MÚSICA.
PALABRA, GOMINA Y SOLEDAD.
DOS POETAS.
UN MÚSICO.
TRES PALABRAS AL HILO QUE SON LA MISMA.
NOSOTROS PONEMOS EL NÚMERO,
LA MULTITUD LA PONEN USTEDES.
Y QUE NO FALTE NADA.

Jueves 3 de septiembre 21:30 hs.
En Bar Iguanahaní, San Martín 1945 de Ciudad.

De paso, para que no digan que el TRES no es un número redondo:
REVISTA LITERARIA PALABRA: CINCO PESOS (INCLUYE ENTRADA AL ESPECTÁCULO)
GOMINA Y SOLEDAD (TANGOS): DIEZ PESOS (INCLUYE ENTRADA AL ESPECTÁCULO)
REVISTA Y DISCO: DOCE PESOS (INCLUYE ENTRADA AL ESPECTÁCULO)
ENTRADA AL ESPECTÁCULO: CINCO PESOS (INCLUYE ENTRADA AL ESPECTÁCULO)

Además: ESCULTURAS DE JUANCHI GAVRAS

martes, 1 de septiembre de 2009



REVISTA PALABRA - NÚMERO DOS

AHORA TAMBIÉN EN KIOSCOS DE REVISTAS

  • del Centro de Mendoza (para leer mientras tomás el café)
  • de la Terminal de Ómnibus (para que la lleves a pasear adonde sea que vayas)
    del Aeropuerto (pedir pasaporte y autorización para dejar el país a sus padres)
  • del Mendoza Plaza Shopping (más barata que media entrada al cine, preguntá por la promo con pororó)
  • de Palmares Open Mall (para que los centros comerciales empiecen a usar nombres con palabras más nuestras y menos suyas)


martes, 18 de agosto de 2009

Palabra Chou



El Chou fue posible gracias a:
El ánimo de Alejandro Frías, la predisposición de Juan López, el desmesurado interés de Sacha Barrera Oro, las ganas de El Sosías, la voluntad de Ariel González, el espacio cedido por Facundo Mercadante.
Además de, claro, el aporte inigualable, inimitable y el gran manejo del cutter y las ansias de Leonardo Peralta y Joana Ortega.
La habilidad y falta de vértigo de Juanchi Gavras.
La constancia de las promotoras y vendedoras, lideradas por Romina Iacovetta.
El sabor de las empanadas.
El vino.
Los que fueron por el vino.
Los que fueron por las empanadas.
Los que fueron.
Los que son.



lunes, 17 de agosto de 2009

NÚMERO DOS


No nos crean nada. No confíen en nosotros. No nos inventen adjetivos que nos queden grandes. No le crean a esta revista. Mejor aún, ni siquiera nos lean. Sospechen siempre, desde la primera a la última letra. Sobretodo, desconfíen del título. Repelan nuestro nombre: “Palabra”.
Porque las palabras sirven para mentir. Ocultan las cosas, nos marcan distancia con respecto al mundo. Nombrando, le dan identificación y pasaporte a todo y después que uno se las arregle para exiliarse de cualquier tipo de compromiso. Las palabras enamoran primero, después engañan. Ponen a lo que desconocen en el banquillo de los reos y lo señalan con el dedo para que todos creamos sus falsas sospechas. Mandan al frente a lo que no pueden abarcar para que sea fusilado en la primer línea. Y lo poco que pueden llegar a saber, es producto de la más vil traición a ellas mismas. Ponen el dedo sobre los objetos y mandan. Indican todo el tiempo qué pensar y cómo hacerlo. Son fallados manuales de instrucciones para reducir el universo a un diccionario y a sus ecuaciones falaces. Legislando, crean un aceitado sistema de la nada.
Van con cajas pre-etiquetadas por el mundo, guardando todo lo que encuentran en ellas, clasificándolo todo. Lo que usted siente, tiene, vive, disfruta, llora, desea, dice; en fin, todo lo que usted es, está perfectamente catalogado y encerrado en alguna cajita ideada y diseñada para eludirse.
Las palabras sustantivizan, adjetivizan, verbalizan. Las palabras matan, porque se empeñan en dispararnos las balas de sus falsos significados o nos entierran las dagas de su sintaxis. Matan lo que nombren y a quien las nombre. Siembran aire y orgullosas cosechan un árbol de hojas secas y frutos huecos.
Estiramos la lengua y sólo saboreamos un fonema agrio. Frente a la cabeza, nos ponen una zanahoria que no podemos tocar, pero creemos que está cerca. Hacen de todo un mito inaccesible. Su sonido nos despierta taladrando la realidad de aquel sueño que tuvimos.
Las palabras prostituyen nuestra relación con lo que nos rodea. Son fantasmas que, asustándonos, pretenden protegernos de nuestros propios miedos. Sirven para evitar cualquier tipo de compromiso profundo con todo, hasta con nosotros mismos.
Las palabras hablan de otras palabras. Se embrutecen llenándose la boca con el gusto agusanado de otras palabras, practicando el más vicioso (y civilizado) canibalismo. Generan un círculo vicioso que les permite construir un gigantesco castillo de cristal sobre cimientos de barro.
Venimos, renovados, a destruir ese castillo de cristal; caeremos al barro podrido de sus cimientos. En él nos revolcaremos con nuestras mentiras. Enlodados, crearemos nuestras propias palabras. Palabras que no mientan. Palabras que no nos prostituyan. Pero si pretendemos eliminarlas, estaremos asumiendo el duro compromiso de aprender todo de nuevo, tratando de llegar a lo esencial. Por lo pronto, confiamos en que nuestra palabra, llegue hasta sus manos. Ya sería un gran paso.
No podemos evitar la culpa. Hace mucho le dimos nuestra palabra. No sabíamos en lo que nos metíamos. Tardamos más que suficiente en darnos cuenta de todo esto y ahora, lo mínimo que nos corresponde, es ofrecer nuestras disculpas. De la mejor forma que podamos hacerlo.
Quedaremos satisfechos si acepta la propuesta. Después, si todo sale bien, usted vendrá, nos ofrecerá su mano para sacarnos del pantano y, con suerte, hasta vuelve a creer en estas palabras. Al fin y al cabo, son tan nuestras como suyas.

Roberto Fontanarrosa

Por Javier Piccolo

Confieso que se hizo cuesta arriba. Que la cosa se fue empinando, que los derrapes parecían interminables y que a veces con el ripio caían mis mejores intenciones y ninguna idea. Pienso que se debe al lugar donde me paro para escribir, siempre en la nebulosa inestable de mi subjetividad, con las seguridades bamboleantes pero sabiendo aferrarme a alguna inútil utopía. “Nada os pertenece en propiedad más que vuestros sueños”, según Nietzche. Y sin tener ningún escribano que me lo certifique con todas-las-de-la-ley, aquí está mi escritura.
El asado que hubiera querido hacer está difícil. Cada vez que enciendo el fosforito siempre hay alguien que lo sopla. No importa: tengo una caja llena de fósforos y así, como va saliendo, quito cartones a oscuras y voy haciendo el fuego.

El fuego

El asado, se sabe, lo hace una persona. Lo fundamental para quien esté al lado del asador son dos cosas: mantener la charla y el vaso lleno. El Negro puede cumplir sobradamente. “Yo defiendo el ocio no creativo”, decía, “hablar al pedo”, como en la Mesa de los Galanes. Quizás con otros escritores la cosa sería distinta. No me gustaría, por ejemplo, tener a Arlt con un cuchillo cerca. A Cortázar preferiría invitarlo a la hora del café. Me imagino a Marechal destilando su prosa lírica al segundo tinto, pero un tanto denso al tercero. En cambio Fontanarrosa es perfecto para el asado. Para cagarse de risa hablando de fútbol o de minas. O de cualquier boludez. Desde ahí, a cualquier lugar se puede llegar. “Lo obvio nos matará”, dicen. Juguemos entonces con lo obvio, hasta llegar a la médula.
Quienes se desgarran las vestiduras y se llenan la boca con esa quimera que es la sencillez, dicen que es un punto de llegada, no un punto de partida. Ese tránsito, en el que perecemos muchos, parece inexistente en Fontanarrosa, un camino que no le hacía falta transitar porque ya estaba ahí. Desde rechazar un trabajo en una agencia publicitaria (“no creo que se pueda vender algo a alguien que no lo necesita”), hasta trabajar para todo el país desde Rosario, su Rosario, evitando la meca que representa Buenos Aires para cualquier artista. Todas estas cosas, pareciera, le resultaban naturales, no hacía manifiestos ni se disfrazaba de héroe. Le salía así, era su forma de vivir.
Rosario es un personaje principal en cualquier futura biografía (seguro vendrán). Decía: “Es una ciudad como tantas, pero para mi gusto es muy vivible. […] Yo no sé si Rosario produce culturalmente tanto como a veces se percibe desde afuera, pero las veces que me preguntan sobre el movimiento cultural yo, medio en joda medio en serio, digo que en Rosario no hay otra cosa para hacer. […] La oferta es a nivel humano. O bien las minas. ¡Las minas! Ese es un dato ostensible”.
Y de fútbol ni hablar. Si hubieran sido más habilidosos con una pelota Soriano, Sasturain y Fontanarrosa, la literatura argentina se hubiera perdido de grandes textos. Demostraron haciendo, que el fútbol o las minas podían ser tema de los mejores cuentos, temas que hasta que aparecieron ellos estaban marginados por esa “Gran Cultura” de anquilosados libracos y tertulias snobistas.
Pero cortemos, ya hay brasas.

La carne al asador

En cierta forma envidio a los tipos que escriben como parados en otro lugar, como desde lejos, abstraídos. Son los que casi siempre terminan ganando jugosos premios. Fontanarrosa no lo hacía: no andaba con vueltas, no tomaba distancia. Se paraba justo ahí, estaba en el medio de todo, contando una anécdota, alguna historia que merecía ser transmitida. Tal vez sabía que desde el caracú de la literatura es de donde salen las palabras exactas.
En el universo literario del Negro todo parece estar al alcance de la mano. Nos muestra un mundo ya conocido o nos lo hace conocer. “Voy a hablar del fútbol que viví”, dice en “No te vayas campeón”. Ahí empieza el escarbe, el giro para que la historia amerite el relato. Cuenta aquella histórica semifinal Central-Newells, su vieja pidiendo marcar a Bochini, el Estudiantes de Zubeldía que en la Libertadores parecía Bruce Lee y la pesadilla recurrente de su amigo que sueña que por una mala decisión del Negro González, Poy no la mete aquel 19 de diciembre de 1971. Y se despierta traspirado.
Habla de la chica más linda del barrio o de las cualidades de las narigonas. O sino nos cambia el panorama y nos pone en Medio Oriente acompañando a Best Seller o en la selva latinoamericana con el Discípulo. Charla. Siempre está charlando. “Cuando se lo cuente a los muchachos” sirve como claro ejemplo. La importancia de tener algo para contar, que valga la pena. “Los argentinos somos eyaculadores precoces, porque queremos terminar rápido para ir a contarle a los amigos que estuvimos con una mina”.
Todo está al servicio de la comunicación directa. Incluso el dibujo. Una sola línea es toda la Pampa y los muertos de Boogie ensucian con sangre paredes que no están. Y a pesar de esto, nada es lineal, hace brotar a la maravilla a partir de lo mínimo. Alguien elogió el simbolismo del horizonte vacío en Inodoro Pereyra. El Negro respondió que lo dibujaba así porque era menos trabajo. Y su genialidad es ancha como aquella pampa infinita. Resulta, para mí, que Inodoro Pereyra es una historieta reflexiva. Reflexiva porque vuelve sobre sí misma; es decir, Fontanarrosa hace a Inodoro y uno lo disfruta sentado en el título; además porque el inodoro es fundamental para reflexionar.
Pongan la mesa, que el asado está.

¿Jugoso o cocido?

Cada cuadrito un chiste fue una premisa que siempre respetó. De ahí quizás las inolvidables frases de sus historietas. “La Eulogia quiere probar la belleza por el absurdo”, “Vago no, quizá algo tímido para el esjuerzo”, “Tú no eres malo Boogie, la sociedad te ha hecho así”. Los globitos de diálogo están recibiendo aire fresco constantemente y no revientan.
Sin dudas, su forma de ser (y de hacer), dio sus frutos. El afecto del público, la admiración de los pares, el guiño de la crítica son cosas que no se consiguen fácilmente. Conjugó, con naturalidad, cada una de estas variables. Memorable cuando llegó del Hay Festival, donde fue premiado con la máxima distinción y en la calle estaba Rosario todo vitoreándolo (“me emocioné con la recepción, pero quebré cuando la vi a mi vieja entre la multitud”). Fantástico cuando Pérez Reverte lo propuso como candidato al casi aristocrático Premio Cervantes. Supremo cuando puso al alcance de todos ese claustro lejano que llaman Congreso de la Lengua Española.
Las consiguió a todas y no tuvo que vender(se) nada a cambio. En este infierno donde todos somos inquisidores alimentando hogueras, no he escuchado a nadie hablar mal del Negro. “Tenía más amigos que penas”, dice Karina Micheletto. Si algo vale, es eso.
Un aplauso para el asador, entonces.

Sobremesa

Hasta para hablar de la enfermedad que lo fue postrando fue sencillo. Lo dijo abiertamente por un programa de televisión, le quitó tabúes. El diagnóstico dictó esclerosis lateral amiotrófica, hizo lo posible por zafar; el pronóstico siempre negativo. Poco importaba, el 18 de julio de 2.007 estuvo compartiendo con los amigos, mientras la muerte preguntaba por él. Nunca provocó ese patetismo que llamamos lástima.
Es casi un lugar común citarlo, pero Fontanarrosa decía “No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por bien pagado cuando alguien se acerca y me dice: ‘me cagué de risa con tu libro’”.
¿Cómo carajo no quererlo? ¿Cómo guardarme esa lágrima que me saltó el 19 de julio, frente al televisor? ¿Qué me llena el estómago si ya comí el asado? ¿Dónde mierda pongo la carne que sobró, para que lo espere?
Dicen que la muerte siempre es caprichosa, siempre es egoísta. Y que siempre se siente sola. Vino a buscarlo y se lo llevó, quizás porque quería que el Negro la hiciera cagar de risa a ella también.
Negro, espero que te haya gustado el asado. Hasta la próxima.

Texto de Roberto Fontanarrosa




Fontanarrosa en el Congreso de la Lengua (fragmento)
Por Roberto Fontanarrosa

Primero quería hacer una pequeña reflexión, a algo que comentó Federico, asombrado ante la presencia femenina multitudinaria. ¡Lo que es no conocer esta ciudad! Yo siempre afirmo que esta ciudad tiene bellas mujeres y buen fútbol, ¿qué más puede ambicionar un intelectual?
A mí se me ocurrió hablar sobre las malas palabras. Y hay apoyo popular, por lo que escucho. Repito, no sé qué tiene que ver con esto de la internalización (sic), que aparte ahora que pienso ese título lo habrán puesto para decir “bueno, una persona que logra decir correctamente IN-TER-NA-CIO-NA-LI-ZA-CIÓN es capaz de ponerse en un escenario y hablar algo”. Algo tendrá que ver el tema este de las malas palabras con lo que decía el amigo escribano. Él decía de la ausencia, por ahora, del español en la tecnología, la computación. ¿Qué tiene que ver eso con las malas palabras? Al menos, lo que he insultado yo cada vez que se me va un texto en la computadora..., creo que es un aporte ostensible al lenguaje.
La pregunta que me hago es ¿por qué son malas, las malas palabras? O sea, ¿quién las define, qué actitud tienen las malas palabras? ¿Les pegan a las otras palabras? ¿Son malas porque son de mala calidad, o sea que cuando uno las pronuncia se deterioran, se dejan de usar? No parecería ser este el caso, porque, a muchas, cada vez se las escucha más saludables y más fuertes; al punto que en alguna época se las denominó (y creo que se las sigue denominando) “palabrotas”. ¿Tienen actitudes reñidas con la moral? Sí, obviamente, pero no sé quién las define como malas palabras. Tal vez sean como los viejos villanos de las películas que nosotros veíamos, que en principio eran buenos pero la sociedad los hizo malos. Tal vez, nosotros, al marginarlas, las hemos derivado en palabras malas.
(Atento a la organización, he escrito algo, tengo un ayuda memoria, que no me alcanzó para que la memoria me dictara que tenía que traer los lentes).
No es que haga una defensa incondicional de las malas palabras. Algunas me gustan, otras no me gustan, igual que las palabras de uso natural. Yo me acuerdo que en mi casa, mi vieja no decía muchas malas palabras. Era correcta, ES correcta. Mi viejo, en cambio, era lo que se llamaba un “malhablado”. Es una interesante definición, de alguien que es malhablado, cosa que no era mi viejo, que se expresaba muy bien. Había unos primos míos que jamás decían una mala palabra, que a veces iban a mi casa y decían “vamos a jugar al tío Berto”. Entonces iban, se escondían en una habitación y puteaban. No se impuso como disciplina olímpica lo de “jugar al tío Berto”...
A veces nos preocupa y culpamos a los jóvenes porque usan un vocabulario bastante estrecho. A mí no me preocupa que mi hijo o los amigos de él insulten permanentemente; lo que me preocuparía sería que no tuvieran una capacidad de transmisión, de expresión y de grafismo al hablar. ¿Les vamos a cortar esa posibilidad? Afortunadamente, como ha sucedido a través de los tiempos, ellos no nos dan bola, entonces hablan como les parece y van enriqueciendo de alguna manera su vocabulario.
Lo que pienso es que brindan otros matices. Yo soy fundamentalmente dibujante. Manejo muy mal el color, por ejemplo, pero a través de eso sé que mientras más matices tenga uno, más se puede defender para expresarse, para transmitir, para graficar algo. Entonces hay palabras, de las denominadas malas palabras, que son irremplazables por sonoridad, por fuerza, algunas incluso por contextura física de la palabra. No es lo mismo decir que una persona es tonta o sonsa, que decir que es un pelotudo. Tonto puede incluir un problema de disminución neurológica, es realmente agresivo. Y aparte hay una cosa, que a eso voy con lo de la contextura física. El secreto de la palabra pelotudo, la fuerza, está en la letra T. Analicémoslo, anoten las maestras. No es lo mismo decir sonso que decir peloTudo. Otra cosita, hay una palabra maravillosa, que en otros países está exenta de culpa. Esa es otra particularidad, porque todos los países tienen malas palabras, pero se ve que las leyes de algunos países protegen a algunas palabras y en otros no. Hay una palabra maravillosa que es carajo. Tengo entendido que el carajo era el lugar donde se colocaba el vigía, en lo alto de los mástiles de los barcos para divisar tierra o lo que fuere. Entonces mandar a una persona al carajo era estrictamente eso. Y acá apareció como mala palabra, al punto que se llega al eufemismo de decir caracho, que es de una debilidad y una hipocresía absolutas. (Amigos mexicanos, con los cuales estuve cenando anoche, que me enseñaron una enorme cantidad de malas palabras mexicanas... Ahora que lo pienso me parece que me estaban insultando, porque se suscitó un problema con la cuenta).
Hay periódicos que ponen “el senador Fulano de Tal envió a la m... a su par”. ¡La triste función de esos puntos suspensivos, el papel absurdo que están haciendo ahí, merecería también otra discusión acá en el congreso!
Hay otra palabra que quiero apuntar, que creo es fundamental en el idioma castellano, que es la palabra mierda. También es irremplazable. Y el secreto, la contextura física está en la R. Anoten las docentes. Porque es mucho más débil como la dicen los cubanos: mielda. Que suena a chino y no sólo eso, yo creo que ahí está la base de los problemas que ha tenido la revolución cubana: la falta de posibilidad expresiva.
Voy cerrando después de este aporte medular que he hecho al lenguaje y al congreso. Atendamos a esta condición terapéutica de las malas palabras. Lo único que yo pediría, no quiero hacer una teoría ni nada, es reconsiderar la situación de estas malas palabras, pido una amnistía para la mayoría de ellas, vivamos una navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje, que las vamos a necesitar.
Muchas gracias y buenas tardes.

La mesita



Por Diego Rocha Ilustración: Leonardo Peralta.

Tengo que conseguirme una mesita para escribir, porque siempre que escribo me canso muy rápido y no sé de que lado ponerme porque de todos lados estoy incómodo. Que me duele el cuello, la espalda, los brazos y con todo eso se me incomodan hasta las mismas ganas de escribir. Sí, un masaje, un estiramiento de los dedos para vaciar el alma, pero que no suene hueco, claro que no, sino que suene tranquilo. Tengo que conseguir esa mesita porque sino lo hago me van a confundir y hasta yo me voy a confundir. Tantas palabras juntas, tantos dichos apretados, encimados, cruzados, algunos están destinados a sangrar y lo hacen aún más, pero que salgan. Lo hacen adentro manchando las otras, uniéndose de cualquier manera, y así quedan mal cicatrizadas con otras palabras. Sino consigo la mesita seré una bolsa de basura, donde nada es nada, una alegría mezclada con yerba tirada en sueños envueltos con nylon, un camino perdido en una zapatilla que nunca fue encontrada y tal vez, sí, seguro, tal vez sea una que otra lágrima escondida en un bolsillo del pantalón sucio, roto y que nadie más usa.
Hace un tiempo fabriqué una, pero no una mesita cualquiera, sino que era con caída, así como las mesas de las bibliotecas, pero apenas la estaba haciendo supe que no serviría para escribir y que sólo serviría para leer y entonces la dejé porque iba a molestar, ya que necesitaba una para escribir y a su vez leer, y si tenía las dos ocuparían mucho espacio, o tal vez un poco y mi pieza no es tan grande e incluso a veces no logro entrar yo.
También recuerdo una vez que tuve un sueño, uno de esos sueños que te duran como media hora, hasta que te das cuenta que estás despierto, esos sueños que reaparecen no con imágenes sino como una fuerza que te impulsa a respirar con más fuerza, que te dicen que todo el tiempo que hay algo o varias cosas que remedian la vigilia. Sí, ahora lo recuerdo, era yo que iba con mi bicicleta al lado... No, ese no era el sueño, empezaba de otra manera. Claro ahí está; estábamos todos en la casa de mi hermana, formábamos como una reunión. Mi hermano y mi hermana, como siempre, eran los que hacían reír y alegraban a todos, mientras que los demás... No, no, tampoco era ese el sueño y no creo que pueda recordarlo. Si tan sólo hubiera tenido la mesita lo hubiera sabido, porque me propuse una vez escribir todos mis sueños, bueno, no todos, sino los que más me llegaron tanto en tristeza como en alegría, pero no lo cumplí, porque el sueño es corto pero su significado muy grande y así no alcanza media hora para escribirlo y en media hora mi rodilla se cansa y la nuca parece que se va a quebrar y entonces no escribo. Por eso por mí, por los balazos que le gritan a mi ventana, porque a la noche en el puente de mi barrio los autos no pueden cruzar, no por el peligro sino porque a esa hora los cartoneros vienen para sus casas, por los niños que aprenden a escribir con malas palabras su futuro, por las mesas que sobran y el pan que está grabado en él sin que se pueda comer, por la enseñanza en las escuelas donde enseñan los maestros fuera de la historia que pasa en el barrio, y con otras historias que les dicen que los pobres en su propio presente ya son historia. Sí, porque hay mucho que decir y no olvidar, que quede lo mío, que quede lo tuyo, que quede lo de todos ellos, los que no saben escribir ni leer la vida. Por todo y por todos, tengo que conseguirme una mesita.

Silencio


Por Joana Ortega

Para pasar por debajo de la luna
Por Mauco Sosa

Se había sacado el sombrero
para relucir el brillo de su pena
se había cortado las piernas
que no dejaban de crecer
se había borrado de la memoria
de aquellos que lo guardaban
se había bloqueado el pecho
con el candado de la ilusión
se había tragado el pasado
y había mentido al futuro

pero falló,
por más esfuerzo que hizo
no pudo sacarse
los soles de la mirada

Literatura Abierta

¿Todavía no se anima? Vamos, que si Juan, Gonzalo y Eugenia lo hicieron, seguro que usted también puede. Lo que quiera a palabrarevista@gmail.com. Lo que no quiera también. Lo que permitan los caprichos van acá. Lo que prohiban las mañas, vaya uno a saber.

Juan López


asesino mental

tengo todas las armas
pero no las voy a utilizar
hay tanta gente para matar que parece mentira
tantas personas que siguen vivas y deberían estar muertas
tantas mujeres que merecen que las maten
tantos personajes que no tendrían que estar
pobres ancianos que preferirían morir
y nadie los ayuda
y tantos pero tantos
infinitos
niños
molestos


***

intermedio

tira el vaso de ginebra de la mesa de noche
el vaso vacío de whisky pero con ginebra
lo tira dormido
el vaso vacío de ginebra
de anoche
cae boca abajo y estalla
y pierde su forma y cambia de forma
despierta el que tira el vaso de la mesa de noche
no puede pisar no puede saltar de la cama
busca un papel y barre un camino
donde escapar descalzo del sitio sitiado
por granza de vidrio
trae una escoba y barre el vaso de vidrio molido
contra un rincón junto a una
cortina
apoya la escoba
se vuelve a tirar en la cama
y vuelve a dormirse
pero esta vez
no sueña

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Gonzalo Aciar

Oficio

todas las aves podrán abrir sus piquitos al sol
y el ángel de lo barato posar un ala en mi ventana
que yo voy a seguir con mi trabajito
no hay oficio si no el que se ejercita
hoy que pienso que todas esas luminarias han sido puestas ahí
para que yo vaya y las baje de un piedrazo


Vocación

más tarde iré a la plaza a buscar a los amigos
o a entretenerme mirando tareas que sé puedo hacer
cualquier cosa que no sea escucharte decir
la plaza es un barco luminoso
y los artesanos son las velas que iluminan el mar
y vos y yo somos el agua que pasa y no vuelve

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Eugenia Blanc

Aullar

Tenemos grabada la imagen de un lobo que aúlla en la noche. Generalmente está sobre un acantilado, sobre una punta. La luz de una luna gigante llena le hace de fondo y contraluz, así que sólo vemos la silueta del lobo en negro, o un lobo al cual los rasgos y el pelaje apenas se le notan. Está solo, a pesar de ser una especie que para su alimentación le es necesario convivir otros lobos, vivir en manada. Pero el lobo a contraluz está solo. Aúlla y busca. Este aullido no suena a búsqueda, sino que si cierro los ojos o lo escucho dentro de un bosque a oscuras, los ojos están cerrados y los árboles tapan el resplandor de la luna. Escucho, es un sonido ahuecado, es la representación de la soledad en sí. Recuerdo antes el bosque o la habitación y ante tal sonido, siento que todo lo demás estuvo en perfecto silencio. Al aullido lo envuelve una atmósfera de silencio absoluto, eso parece. Viaja por todos los troncos, por la tierra, por las hojas, por el piso de madera, por las patas de la cama, los resortes del colchón y las sábanas. Se rompe toda la apariencia del recuerdo del silencio. Todas las vías han sido atravesadas hasta llegar al cerebro. Parece que viniera desde sus entrañas, desde las fibras de los músculos de sus patas traseras, se dirige al bosque, se precipita con el fondo del acantilado para producir efecto de eco, en caída libre. A su vez, va hacia adentro del lobo mismo, le retumba en sus oídos, sus tripas se modifican, la posición es firme, como si quisiera evitar caerse. Termina en agudo y vuelve a intentarlo. Calla. Ya nadie puede saber qué pasa con él, ni yo, ni mis ojos cerrados que encuentran un margen. El bosque está, aquí abajo, frondoso, muy oscuro. El lobo sobre el acantilado. Solo, la garganta libera el aullido, despierta el margen.

Parto


En la Feria del Libro 2007.
Asomando la cabeza.

domingo, 16 de agosto de 2009

NÚMERO UNO


Comienzo



…hasta que de repente, en aquella neblina confusa del comienzo, acechada por la necesidad o quizás por la soledad, la humanidad pronunció la primera palabra. Así, sin saberlo, echó su grito a la historia que se construye en la oscuridad, que busca en los huecos del tiempo su propio eco.

Y así seguimos, tratando de darle sentido a esos alaridos informes, refugiados en la manía de ponerle nombre a todo, de suplir nuestra ignorancia con las convenciones ajenas de los diccionarios, con significados pulcros e ideas catalogadas. Pero la palabra es mentira, y somos concientes de ello. Sólo el sonido torpe de un conjunto de letras caprichosas. Un camino hacia lo profundo de un significado que se nos escapa, una metáfora, una forma de (no) apresar lo inapresable.

La palabra es dogma. Pero nosotros no venimos a señalar con el dedo, ni a aburrirlos perfeccionando la ultima conjugación de la séptima persona de aquel gerundio pretérito. La ciencia de la palabra nos ha quedado demasiado lejos, y no nos quedan ni fuerzas ni ganas de ir tras ella. Libraremos una lucha de oraciones maltrechas, de conceptos confusos, de errores de ortografía ante cualquier señal que nos indique que estamos perdiendo la única cosa que tenemos: nuestra pequeña y convulsiva visión de las cosas. No queremos los disfrazes de la ortopedia lingüística, es que somos inquietos, y los claustros nos generan claustrofobia.

La palabra es nuestra. Y la vamos a usar de una forma total y absolutamente tiránica: sólo para que exprese lo que pensamos y sentimos. No hemos venido a darle a la palabra un lugar de libertad. La palabra suelta es dañina. La palabra libre predica, engaña, confunde, la palabra libre arma miles de sonoros discursos, construye retóricas de la tiranía, corrompe el poder, seduce a los ingenuos. No habrá libertad, entonces. Será ella la que se someta a la terca voluntad de la tripa revuelta, de la garganta seca, de los labios oxidados. Tal vez así nuestra palabra salga al aire, camine por lo ancho de este basural, vaya escurriendo su sonido maltrecho por los rincones, seduzca al ruido con su impávido silencio y sople contra ese viento que todo lo lleva. Tal vez asi, quien sabe, nuestra palabra recorra exitosamente la noche de los pechos vacíos y los infle, aunque sea sólo un instante, antes de que mueran nuevamente.

La palabra es poder. Y es muy posible (y más probable) que nuestra palabra sea acallada por la palabra vacía. Porque hay demasiado ruido de teclas. Porque ya la conocemos, y la conocemos bien, y nos ha dolido que se la manipule de esta forma, que se la transforme en aquel virus tan común, que ordena y dispone, que castiga y prohíbe por propia naturaleza. Y este posible fracaso es justamente, lo que más alimenta nuestra sangre. Al fin de cuentas las palabras vacías son las que más rápido corren (y las que primero se olvidan).

La palabra es mujer. Invitamos a quien quiera a desnudar la palabra de confusiones, quitarle el disfraz de sus sílabas, desgarrarle la ropa de sus letras para por fin recostarla en la cama, frágil y desnuda, como lo fue en un primer momento. Y otra vez en la oscuridad, aprender a amarla. Es así y no de otra forma como nosotros la queremos, ligada al sentimiento que le dio origen, como aquel grito ancestral, aquel eco del comienzo.

La palabra somos nosotros, en definitiva. Es la forma más pura y concreta que tiene el mundo para interpretarse dentro nuestro.

Choripán


Por Fernando Álvarez
Ilustración: Germán Álvarez

Hace años ya que aquello sucedió. En un carrito bar encontré trabajo de mozo.
Allí me harte de choripan, y de soledad. Allí, también, conocí a la gente que vive en la noche, borrachos, asesinos, locos.
Casi como un juego a vender cosas por la calle, y cuando quise ver, era un vendedor consumado, que giraba las calles en su bicicleta. Así fue como desemboque en ese rincón escondido del mundo. El carrito bar, se resumía, a una casucha muy chica a la orilla del zanjón de los ciruelos, casi rodeada por un basural.
La mujer del dueño, me tomó cariño desde el primer momento, me dieron una changa para alisar los escombros de la orilla del carrito y al otro día me ofrecieron trabajo como mozo. La mujer enfermó o ya estaba enferma y empeoró, lo cierto es que no la vi más, y a partir de allí el marido mostró su perfil, más definido de viejo avaro y ruin. Allí conocí a alguna gente. Por ejemplo, un panadero porteño al que yo todas las noches iba a comprarle el pan. Como por las tres o cuatro de la mañana venía y se instalaba en una silla y se ponía a leer algún libro, un día se me ocurrió preguntarle que leía, me dijo que era sobre la Anarquía. Le pregunté qué era eso, y me dio una larga charla sobre la libertad. Cada vez que venía, charlaba con él, me contó sobre el gremio de los panaderos, los inicios del anarquismo en la argentina, Severino di Giovanni, era un tipo tranquilo, que siempre estaba solo. Nunca le pregunte nada sobre su vida, ni el tampoco me contó, sólo me quedó grabada su tristeza y su seriedad.
Otro cliente asiduo era un ex policía que tenía una empresa de seguridad, donde trabajaba nadie más que él, era un viejo borracho, que cuidaba la mansión de la esquina, tenía un auto viejo donde dormía la resaca y a medida que hablaba y tomaba comenzaba a sacar el revólver y ponerlo a la vista. Siempre terminaba, gritando y diciendo incoherencias, hasta que finalmente nadie lo escuchaba.
Otro, era el vecino, un tipo muy delgado de unos 60 años, el tipo había estado en alcohólicos anónimos y había tenido cirrosis, todos los días venía y contaba la historia de su larga recuperación, era un tipo desequilibrado. Tenía un loro que era su única compañía, esto le había generado un pavor crónico a que algún gato se lo matará, todos los días preparaba albóndigas con vidrio molido y las regaba por su patio, incluso un día salió a la vereda, con un gato en la mano, lo sostuvo por el cuello sobre la acequia y le descerrajó tres tiros sobre la cabeza, uno de los tiros le dio en un dedo. Luego de unos meses volvió a aparecer por el boliche, como si nada hubiera pasado.
Cuando llegaban las cinco de la mañana terminábamos unidos por nuestra soledad y melancolía. El dueño, mirando las mesas vacías, yo adivinando las sombras debajo del puente, el anarquista mirando el zanjón, el ex policía mirando la mansión, el vecino las copas de los árboles. Siempre era así, noche tras noche. La tristeza ahogaba todo a las cinco de la mañana, cada uno con la mirada vacía. Una vez una niña tiró un bebé, debajo del puente, al lado nuestro. Nadie vio nada. Vino la policía, los vecinos. ¿Cómo puede ser que no hayan visto nada?. A partir de allí el vecino decía escuchar llantos debajo del puente. Fue el principio del fin. Al poco tiempo, el ex policía se dispara en la cabeza adentro de su auto. Fue al amanecer cuando ya habíamos cerrado. Volvieron los policías, los mismos que comían choripanes gratis. El anarquista dejó de venir, nadie preguntó por él. El viejo ni siquiera ese día me mandó a averiguar que pasaba en la panadería, simplemente compró el pan en otro lado, el vecino venía temprano y se iba temprano, aunque no decía nada miraba nerviosamente debajo del puente. Un buen día me descompuse, un ataque de hígado por tanto choripan. Cuando volví a la semana, las topadoras, volteaban lo último que quedaba de la casucha, finalmente iban a abrir la calle. Nadie me supo decir que fue del viejo, el vecino desvariaba.
En pocos días no quedó casi nada del boliche más triste que existió. Solo perduraron, por un tiempo, debajo del puente, cáscaras de pan, algodones con sangre y los demás vestigios de aquel amor, que era lo único que nos ataba a la vida, en aquel pozo de muerte y soledad.

Roberto Arlt

Por Javier Piccolo

Phillip Marlowe le preguntó a Soriano, en la última página de Triste, Solitario y Final por qué quería escribir sobre el Gordo y el Flaco. Soriano le respondió simplemente: “Porque los quiero mucho”. Nunca he escuchado mejor razón para escribir sobre alguien, y es posiblemente la única que tenga para escribir este garabato sobre Arlt. Así, simplemente motivado por la querencia y por la admiración. No pretendo con esto componer una hermética lección de literatura para ser leída desde algún empolvado atril y mucho menos imprimirle el rigor técnico de una biografía hecha y derecha.

Formas de encontrar a Arlt

No me acuerdo de dónde saqué el nombre de Arlt. Me acuerdo más o menos cuándo: fue alrededor de mis 15 años. Compré una edición barata de “El Juguete Rabioso” que rápidamente fue a parar a un toquito de libros destinados a un enero aburrido. Volteé la última página a los 5 minutos de haber abierto el libro. Después de hojearlo empecé a leerlo para terminarlo en unos dos o tres días. Al tiempo, ya cursando el secundario, la profesora de literatura nos dio a leer “La isla desierta”. Y caí en la cuenta de dos cosas: a) la escuela destruye la literatura y b) lo bien que le hizo a Arlt (y a sus lectores) no terminar siquiera la primaria. Me tomé un relajo de Arlt hasta que agarré, más cerca en el tiempo y casi al unísono, “Los siete locos” y una de tantas antologías de las famosas Aguafuertes Porteñas. Ya para esta altura la genialidad de este tipo me resultaba suficientemente abusiva como para leer más, sobretodo “Los lanzallamas”, libro que me torturó el pensamiento a partir de haber leído la una nota al pie de la página final de “Los siete locos” que decía que el resto de la trama se desarrollaría ahí. Y en cuanto apareció la posibilidad de escribir sobre alguien para la revista no se me ocurrió otro más que él.

Formas de buscar a Arlt

Así que empecé a buscar datos sobre Arlt. El camino inicial fue la Biblioteca General San Martín, no tanto porque la tuviera muy a mano sino más bien porque es una biblioteca de esas clásicas, donde uno supone puede encontrar el libro que se le antoje. Pregunté por una biografía de Roberto Arlt y me decepcioné cuando me dieron dos libros con el mismo nombre: Enciclopedia de Literatura Argentina. En ambos los datos que figuraban de Arlt eran escuetos como de enciclopedia. Resignado en mi intento de tomar libros en mis manos fui a buscar a las otras bibliotecas que sí tenía más a mano. Digamos que el resultado fue más o menos el mismo. Prendí la computadora, metí en el famoso buscador Google las palabras adecuadas y sólo aparecieron algunos informes, más o menos como los referidos en anteriormente. Siguiendo a mi obsesión de conseguir un libro biográfico enterito, busqué por librerías, reales y electrónicas, y me encontré con la decepción por tercera o cuarta vez (por favor lleven ustedes la cuenta); no había más de cuatro. Desesperado me fui a tomar algo, como para bajar la angustia. Curiosamente el bar donde terminé se llama “Juguete Rabioso”. Las paredes están decoradas con fotocopias de las tapas de la primera edición de dicho libro y hojas de libro. Leí, pero entre ellas no apareció ninguna que siquiera por asomo se pareciera a aquellas donde sucede la vida de Silvio Astier. Pero por lo menos en el bar pude hacer algo mucho mejor que en la biblioteca: emborracharme.
Tanta frustración no dejó de parecerme, al menos, curiosa. Es decir, estamos hablando de Roberto Arlt, uno de los mejores escritores argentinos, no sólo para un grupo pequeño de especialistas, sino que es un grande más allá de diferencias y gustos literarios. Además de esto su vida misma es, prácticamente, la novela que a él le faltó publicar. Así de atrapante es su biografía. Por eso no deja de sorprender que exista tan poco material a alcance de la mano sobre él. ¿Cuántos escritores desearían escribir como Arlt? ¿Cuántos dinero y tiempo se malgasta en las universidades para saber de literatura y ningún universitario puede siquiera arrimarse en calidad de un tipo que sacaron a patadas de la primaria? ¿Cuántos periodistas se aburren en sus cubículos de redactor haciendo artículos con este estilo tan pulidito y cortés que abunda y no aspiran a acercarse a la genialidad de cualquiera de las aguafuertes? ¿Cuántos literatos de excelente ortografía no pueden escribir nada salido desde la tripa, que siempre sale con errores ortográficos?
Cuando uno se entera que Onetti dijo hace sesenta años que Arlt fue el último tipo que escribió novela contemporánea en el Río de la Plata se sorprende. Cuando uno lo analiza dos veces le da la razón. Tal vez por esa contemporaneidad es que hay tanta ausencia; porque Arlt escribió en aquel mundo que se caía a pedazos y este mundo es el mismo que se sigue deshaciendo tanto o más brutalmente; porque Silvio Astier estaría fumando paco; porque todavía te ven la cara y te dicen “Rajá, turrito, rajá”. Así de contemporáneo es un tipo que nació con el siglo XX (el 26 de abril de 1900 según su madre, el 2 de abril según el registro civil, pero creámosle a quien lo parió) y que murió sin entrar en la mitad del siglo pasado (el mismo 26, pero de julio del 42). Lo que lo hace a Arlt ser Arlt es posiblemente su forma de analizar aquella realidad, no a través de paradigmas estructurados sino más bien metiéndose por las groseras ranuras que dejan dichas estructuras. Es el escritor cuyo estilo no es más que el que tienen las cosas como le salen, es el tipo que se escapa a los suburbios porteños para cubrir una nota policial, el que camina las calles de noche para leerle casi de prepo sus obras a los vagabundos y borrachos de paso, el que se sentaba a la misma mesa de las putas y los fishos. Es quien nos dice: "Creo que a nosotros nos ha tocado la horrible misión de asistir al crepúsculo de la piedad y que no nos queda otro remedio que escribir desechos de pena, para no salir a la calle a poner bombas o a instalar prostíbulos". Sobre todo, aquella capacidad de escribir de su alrededor y no caer el panfletarismo o la denuncia. Estas formas de meterse por donde pocos “grandes escritores” se habían metido supo trasmitirlas siempre, ya sea en Córdoba mientras escribía el Juguete o bien ya como periodista en los prestigiosas diarios Crítica y El Mundo. Siempre tuvo esa tendencia a moverse por los límites, como si fuera un equilibrista en un piolín sin saber lo frágil que era, porque esa ha sido su manera de manejarse desde que tuvo memoria. Algo similar sucede con su relación en una de las tantas polémicas argentinas, la de los grupos literarios de Florida y Boedo, en la cual algunas veces es incluido en el primero, por su cercanía a, por ejemplo Ricardo Güiraldes (quién además le editó el primer capítulo del Juguete) y otras es acercado al segundo (por cercanías más ideológicas que físicas). Con el teatro pasa algo parecido, donde si bien su relación con el Teatro del Pueblo es marcada, al punto de ser uno de sus más notorios referentes, no dejó de probar suerte con los escenarios más comerciales de la época. Hoy por hoy, sigue siendo uno de los pocos escritores que cuentan con la aprobación de los claustros y el guiño del público lector.

Formas de ser Arlt

Esto es lo que lo hace admirable a Arlt. Sin embargo lo que lo hace querible, al menos para mí, no son sus méritos literarios, sino más bien que Arlt es un perdedor. Un perdedor nato. Despreciado por su padre casi hasta el odio, expulsado del colegio militar, acogido por las bibliotecas de barrio y de calle. “Rajá, turrito, rajá” es un paradigma. Criado entre exclusiones asume que la vida no tiene otro sentido más que ser trágica.
Y un perdedor es un soñador en esencia, un soñador que fracasa. Hay bastante de fracaso en Arlt; en su vida, claro, no en las vanaglorias que póstumamente lo envolvieron. Más allá de las eternas broncas con su padre, que lo termina echando de la casa a los dieciséis años, ya había encontrado en la calle su lugar. Acosado por la urgencia económica, la necesidad lo haría pintor de brocha gorda, ayudante en una librería, aprendiz de hojalatero, peón en una fábrica de ladrillos; hasta llegar al periodismo de la mano de Natalio Botana, a la sección policial del diario Crítica. Poco importaban sus groseros errores de ortografía; estamos hablando de un tipo que llegaba a llorar redactando la nota policial (imagínense a este gringo grandote, gesto duro, llorando). Luego, el casamiento con Carmen Antonucci, enferma de tuberculosis, hecho ocultado en un principio a Arlt que le fue develado al poco tiempo, lo que lo lleva a Córdoba alejándolo brevemente del periodismo pero logrando un gran acercamiento a la literatura: es allí donde escribe El Juguete Rabioso. Cuando vuelve a Buenos Aires no lo recibe precisamente el éxito, pero logra un trabajo en el diario El Mundo y vive en pensiones. En una de ellas, al leer los poemas de un pensionista, exclama “Usted es el próximo Lugones”. No lo fue. Pero existen las ansias de triunfar, el triunfo como forma de zafar un poco y al mismo tiempo no alejarse de su realidad. Una forma que tuvo de buscar el triunfo fue inventando, junto a Naccaratti, las medias reforzadas con caucho, confiado como Erdosain en el éxito comercial de su invento. Cuando se acerca al triunfo ganando el tercer premio municipal de novela agradece el premio sencillamente porque la guita le viene de primera. Esto fue gracias a “Los siete locos”, ya escribiendo a dos manos: con una las Aguasfuertes en El Mundo y con la otra su novela. Fue el método de trabajo que usó hasta su muerte. Nunca pudo vivir sólo de la escritura y tal vez nunca quiso, como verán en el prólogo a “Los Lanzallamas”.

Formas de escribir a Arlt

Así se fue construyendo Arlt, desde el parto de una patada en el culo hasta su muerte, formándose sobre los cimientos de los derrumbes, sus propios derrumbes y los de la ciudad que lo rodeaba. Con fantasías inconclusas y hasta inconducentes, a tal punto que Silvia Saítta (quizás su principal biógrafa) expresa lo complicado que le resultó construir la biografía de Arlt “porque, efectivamente, el testimonio más engañoso de abordar en la investigación de su vida es el del propio Arlt”. Quizá les duela a los estudiosos el mito. Pero es lo literario, señores, el hecho literario en Arlt es también su propia vida, y ahí no tiene sentido separar realidad de ficción, verdad de mentira. Por ejemplo, Piglia dice que en su velorio no pudieron sacar el cajón por la puerta del departamento, teniendo que sacarlo con poleas por la ventana de un piso alto, quedando suspendido el féretro por unos minutos sobre Buenos Aires. Eso es mitológico. Y por allí es por donde viene la idolatría, lo que me lleva a admirar y a querer a Arlt, como se construyen los amores, sin mucho análisis. Desde ese lugar le escribí.
Disfruten lo que viene, lo escribió Arlt como prólogo a “Los lanzallamas” y seguro que es mejor que cualquier cosa que podamos decir al respecto.

Texto aparecido a modo de prólogo a la novela “Los lanzallamas”
Roberto Arlt

Con “Los lanzallamas” finaliza la novela “Los siete locos”.
Estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento. Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana.
Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene algo que decir se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras.
Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo. Máxime si cuando se trabaja se piensa que existe gente a quien la preocupación de buscarse distracciones les produce surmenage.
Pasando a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de sus familias.
Para hacer estilo son necesarias comodidades, rentas, vida holgada. Pero por lo general la gente que disfruta tales beneficios se evita siempre la molestia de la literatura. O la encara como un excelente procedimiento para singularizarse en los salones de sociedad.
Me atrae ardientemente la belleza. ¡Cuántas veces he deseado trabajar una novela que, como las de Flaubert, se compusiera de panorámicos lienzos...! Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados. El estilo requiere tiempo, y si yo escuchara los consejos de mis camaradas me ocurriría lo que les sucede a algunos de ellos: escribiría un libro cada diez años, para tomarme después unas vacaciones de diez años por haber tardado diez años en escribir cien razonables páginas discretas.
Variando, otras personas se escandalizan de la brutalidad con que expreso ciertas situaciones perfectamente naturales a las relaciones entre ambos sexos. Después, estas mismas columnas de la sociedad me han hablado de James Joyce, poniendo los ojos en blanco. Ello provenía del deleite espiritual que les ocasionaba cierto personaje “Ulises”, un señor que se desayuna más o menos aromáticamente aspirando con la nariz, en un inodoro, el hedor de los excrementos que ha defecado un minuto antes.
Pero James Joyce es inglés, James Joyce no ha sido traducido al castellano, y es de buen gusto llenarse la boca hablando de él. El día que James Joyce esté al alcance de todos los bolsillos, las columnas de la sociedad se inventarán un nuevo ídolo a quien no leerán sino media docena de iniciados.
En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches.
De cualquier manera, como primera providencia he resuelto no enviar ninguna obra mía a la sección de crítica literaria de los periódicos. ¿Con qué objeto? Para que un señor enfático entre el estorbo de dos llamadas telefónicas escriba para satisfacción de las personas honorables: “El señor Roberto Arlt persiste aferrado a un realismo de pésimo gusto, etc., etc.”
No, no y no.
Han pasado esos tiempos. El futuro es nuestro por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura no conversando continuamente de literatura sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierren la violencia de un “cross” a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y “que los eunucos bufen”.
El porvenir es triunfalmente nuestro.
Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la “Underwood”, que golpeamos con manos fatigados, hora tras hora, hora tras hora. A veces se le caía a uno la cabeza de fatiga, pero... mientras escribo estas líneas pienso en mi próxima novela. Se titulará “El amor brujo” y aparecerá en agosto del año 1932.
Y que el futuro diga.